Fendechas
Un día a finales de Enero nevó en Jubia, al nivel del mar. Raro fenómeno que no se da todos los días.
Naturalmente los chavales aprovechamos la ocasión, para practicar esquí, con unos tablones de la obra del nuevo Círculo Mercantil, que cerca de casa se estaba construyendo. Hicimos un buen monigote, sombrero y bufanda incluidos, libramos una hermosa lucha con bolas de nieve y tuvimos una mañana de lo más divertida.
Pero de pronto, un dolor insoportable en mis manos, que no había cubierto con guantes, me hizo subir a casa a buscar un remedio, asustado ante lo fuerte del mismo. Al parecer después de tanto tiempo con la nieve en las manos, éstas empezaban a llegar al punto de congelación. Aún fue peor la descongelación lenta, ¡qué dolor!.
Pero mereció la pena.
Al día siguiente había desaparecido la nieve. No ha vuelto a cuajar en Jubia, los pocos copos que han caído desde entonces. Debo ser uno de los viejos del lugar, que se dice, a tenor de la memoria climática.
Pocos días después, bajando por un camino desde la carretera a la ribera, naturalmente corriendo, me caí y abrí la rodilla izquierda con una brecha profunda, se veía la rótula, y como pude llegue a casa, me metí en el cuarto de baño, limpié la herida con agua oxigenada, me puse una gasa con esparadrapo y le dije a mi madre que tenía un rasguño.
Mi madre, cosa rara, aceptó mi versión y hasta después de varios días, al darse cuenta que no me sacaba el apósito, no cayó en la cuenta de la importancia del caso. Ya era tarde, la herida estaba cerrando ella sola y mejor así. La reprimenda que llevé fue de las que hacen época.
Pero mi propia estimación subió varios enteros.
Poco después, debía tener algún gafe cerca, subí al desván, no me acuerdo a qué y como ya sabéis los rapaces llevábamos todos pantalones cortos, por lo menos hasta que empezaban a salir pelos en las piernas, pues lo dicho en el desván pasé al lado de un puntal de madera y note un fuerte dolor en el muslo de la pierna derecha. Me había clavado un clavo oxidado y al andar desgarré tres centímetros de piel y músculo. Otra vez la misma operación del cuarto de baño. Tuve suerte y no se complicó la curación. ¡Mala hierba nunca muere!.
Y ya que estamos de fendechas, una de Reyes.
En casa teníamos una bicicleta pequeña, sin sillín, de piñón fijo y ruedas macizas. Pues con esta bici, bajaba pedaleando, con piñón fijo no se puede hacer otra cosa, entre las vías del tranvía, unos ochenta metros, desde casa hasta la de Borja para doblar en ángulo recto, entrar por el portalón y subir la cuesta hasta el chalet con la inercia.
La bici era mi pasión, pedí una a los Reyes y ¡milagro! Los Reyes me hicieron caso. Me trajeron una roja, para mi estatura, ya sin piñón fijo, ni ruedas macizas. Todo un lujo.
Aquella mañana del 6 de Enero de 1956 a las 09,00 horas, estaba delante de casa, dispuesto a estrenar esta maravilla.
Como muchas veces, arranqué hacia la casa de Borja, pero el tranvía estaba acercándose, así que me abrí para pasarlo por fuera, pero un camión ocupaba ese sitio, venía subiendo, tuve que torcer a la derecha para buscar una zona de tierra que delante de las casas había. Pero un poste de FENOSA se interpuso en mi camino. ¡Para mí que lo hizo a propósito!.
La bici bien, excepto la rueda delantera que quedó hecha un ocho. Yo también, también con la ceja izquierda abierta.
Una vez efectuada la correspondiente visita al cuarto de baño, la cosa no pasó a mayores, solo una hermosa cicatriz me lo recuerda. Peor fue lo de la bici, que estuve una semana sin ella, hasta que arreglaron la rueda.
¡Cuantas excursiones hice con ella!.
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